Al final el ir y volver al trabajo es beneficioso para la salud mental

Al menos hasta 2019 seguramente seguías deseando no tener que levantarte temprano y tener que salir de casa para ir a trabajar, pasando por el mismo lugar una y otra vez, teniendo que luchar contra el tráfico y los semáforos.

Pero un interesante fenómeno comenzó a surgir luego de un año de tener que trabajar remotamente desde casa, sin poder salir en medio de una cuarentena impuesta por el gobierno y luego autoimpuesta por temor a enfermar.

Y es la de poder salir sin preocupaciones, ver ese sendero que no se ha visto desde hace un año, poder sentir la brisa fresca desde la ventana del auto, ver el cielo azul, saludar a los compañeros de trabajo y pasar un momento agradable charlando en el descanso.

De algún modo, la monotonía nos desgasta al no estar expuesto a estímulos que nos hagan sentir vivos, pero extrañamente muchas veces necesitamos de una rutina para poder sentir equilibrio en nuestras vidas.

Es por este sentimiento a un año de la pandemia, que muchos expertos han comenzado a estudiar el impacto que ha causado el teletrabajo en comparación con la vida laboral que muchas personas tenían antes de la emergencia sanitaria.

Y la conclusión a la que han llegado, si bien no podría aplicarse a algunas personas, para muchas otras es una realidad tajante: salir para ir a trabajar es más beneficioso de lo que creemos.

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Es cierto, a principio ha sido una maravilla poder levantarse más tarde, trabajar en pijamas y desayunando desde el ordenador, y simplemente ponerse ropa decente por encima en caso de una reunión por videollamada.

Especialmente durante la época invernal esto ha sido una gran ayuda al no tener que arriesgarse a pasarla mal por el frío o la nieve, de hecho se registró un decremento de accidentes automovilísticos o de trabajo, y menor índice de personas enfermas por las gripes comunes de invierno.

Pero estar encerrado un año entero, ¿acaso no es demasiado?, es entonces cuando comenzamos a ver los aspectos negativos de trabajar desde casa, sin siquiera poder salir a dar esa vuelta matutina hacia la oficina, o convivir con las personas que nos hacían sonreír en medio de una estresante jornada laboral que ahora la pasamos en solitario.

Viajar al trabajo es algo más antiguo y significativo de lo que pensamos

Antes de que existieran siquiera los vehículos a combustible, las personas se trasladaban a trabajar incluso desde que tenían uso de razón, literalmente.

Por ejemplo, nuestros antepasados primitivos también tenían que caminar grandes extensiones para buscar una presa que cazar o frutos que recolectar, aproximadamente hace 200 mil años.

Más tarde, cuando comenzaron a surgir los primeros asentamientos, también los humanos tenían que trasladarse a sus cultivos y corrales de crianza de animales, aproximadamente hace 10 mil años.

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Con la aparición de las primeras ciudades hace 5 mil años, comienza el verdadero concepto de salir de nuestro hogar y volver a ella luego de realizar diligencias o ir a realizar algún tipo de trabajo remunerado.

Ciertamente, movilizarse para realizar una función y satisfacer nuestras necesidades es algo que ya tenemos calcado incluso en nuestros instintos, que a comparación de muchas otras criaturas, los humanos lo convierten en una rutina, producto de un mapeo y una planeación para lograr el mejor trayecto posible.

Cesare Marchetti, gran físico italiano, no dudó en investigar más a fondo sobre nuestra necesidad de viajar por ahí de 1994, lanzando un estudio titulado «Invariantes antropológicas del comportamiento de los viajeros».

En él propone que la disposición del ser humano para recorrer trayectos incluso que toman una hora, está ligada a estos instintos de viajeros que posiblemente desarrollamos en esa parte de nuestra historia anterior a la invención del cultivo y la crianza, cuando éramos nómadas en búsqueda constante del alimento.

Por lo tanto, y como todo instinto natural, nos une a un nivel superior que cualquier ideología, cultura, religión o raza, por lo que tampoco podríamos interponer nuestra conciencia a lo que sentimos cuando no podemos realizar un viaje, aunque sea corto, como salir a “tomar aire”.

En su estudio, también Cesare Marchetti describe al ser humano como un animal territorial, algo que no es necesario explicar cuando incluso el humano moderno tiende a ordenarse dentro del mundo con áreas delimitadas.

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Y eso lo vemos a gran escala como delimitar un continente o un país, hasta algo más pequeño como la necesidad de tener un territorio personal como una casa, un dormitorio, un santuario o un estudio privado.

Pero nuestro instinto territorio no está solo, pues está de la mano con otro instinto básico de expandir ese territorio, debido a que a mayor extensión territorial tenga, más recursos y oportunidades se tiene.

Algo que hemos visto a lo largo de la historia de la humanidad a través de guerras y expediciones para conquistar nuevas tierras lejanas y poseer sus riquezas que van desde una tierra fértil, hasta adquisiciones de valor como oro, plata, o petróleo como se ve actualmente.

Y es aquí cuando caemos en la necesidad de moverse por grandes territorios y explorar incluso por largas distancias que toman días o semanas en recorrer. Para el humano, moverse siempre ha significado abrirse a las posibilidades, e incluso se ha convertido en un acto de causa algún grado placer por instinto.

La constante de Marchetti y el tiempo que un ser humano está dispuesto a viajar

Regresando más al mundo moderno y toda esa evolución que tenemos como seres humanos completamente adaptados a ciudades o pueblos con medios de transporte cada vez más eficientes, nuestra perspectiva de movimiento es diferente.

Si bien hay personas que tienen muy latente este instinto, que incluso llegan a despojarse de sus bienes como su hogar, muebles y otras comodidades por el placer de viajar por el mundo, muchos otros desean viajar lo menos posible.

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La constante de Marchetti que publicó en su artículo, rescata otro estudio realizado por Lothlorien Redmond y Patricia Mokhtarian, ambos expertos en movilidad del ser humano, quienes han establecido como duración de viaje ideal un promedio de 16 minutos.

Es decir, las personas modernas tenderán a estar más dispuestas a viajar en promedio 16 minutos sin pasar por esa sensación de que ya han estado viajando demasiado, cansarse y rendirse.

Pero Marchetti resolvió lo que sería el límite de una persona que está dispuesta a viajar, y eso es un tiempo superior a 30 o 35 minutos por trayecto.

En una gráfica que se puede visualizar en su trabajo, se puede ver un contraste en lo que sería lo ideal con lo que en realidad se vive en muchas ciudades.

Ahí vemos cómo el ser humano está dispuesto a viajar al menos entre 10 y 24 minutos, pero la tendencia comienza  air en picada a partir de los 34 minutos.

Lo interesante es ver cómo a partir de los 40 minutos los índices de lo ideal comienza a ser casi cero, mientras que los índices de lo que en realidad se viaja comienza a subir, observándose un clara situación de personas que tienen que trasladarse durante horas con mucho pesar.

El peso psicológico de viajar demasiado tiempo y no viajar en absoluto se iguala

Es así como se concluye que desplazarse durante más de 30 minutos comienza a generar estrés en las personas únicamente por el tiempo de traslado, pero si lo aunamos con otras situaciones externas como el tráfico, una calle llena de baches, un clima terrible y los semáforos, se multiplica este estado de insatisfacción.

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Pero también tenemos otra contra parte, y es algo que apenas hemos estado experimentando durante esta pandemia, y es el estrés que genera no salir de casa en absoluto, algo que si nos hubiesen dicho hace un par de años, seguramente jamás lo hubiésemos creído.

Puede que no seamos completamente conscientes de eso, pero moverse para ir al trabajo, la escuela o diligencias, es una especie de ritual que nos ayuda a estar más de 6 horas encerrados trabajando.

Así como el viaje de retorno se convierte en una actividad reparadora que nos brinda una sensación de libertad y bienestar, pues realmente no estamos hechos para estar tanto tiempo dentro de cuatro paredes.

Pero eso no es todo lo que nos ha dejado la pandemia, sino también a distorsionar nuestro concepto a separar territorios destinados para dos actividades completamente diferentes, es decir, el trabajo y la casa.

Actualmente muchos trabajadores están rindiendo menos que nunca al tener que atender sus trabajos mientras luchan con las demandas del hogar y la familia, algo que entra en conflicto con la identidad que les proporcionamos a cada espacio inconscientemente.

Pues incluso ese cambio de identidad de que nuestra casa ahora es nuestra oficina, también conllevan cambios cognitivos importantes que nos restan energía y puede llegar a desequilibrar ese orden que teníamos y que el hecho de viajar de un punto a otro lo rectificaba.

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Sin duda, esta pandemia nos está dejando también muchos aprendizajes sobre nuestro pensamiento en una situación nunca antes vista en la modernidad.

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